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viernes, 5 de octubre de 2007

Los extraterrestres ya no nos quieren

Se convirtieron en el tema estrella de debate entre políticos, militares y científicos durante la guerra fría y deslumbraron a los habitantes de nuestro planeta. Los ovnis vivieron una época de esplendor a mediados del siglo pasado. ¿Por qué parecen haberse apagado los misterios y destellos de sus naves seis décadas más tarde?

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En la guerra fría, las sospechas sobre los ovnis cayeron sobre los soviéticos y las Fuerzas Armadas estadounidenses

La hipótesis extraterrestre resultó irresistible. Los comienzos de la exploración espacial la pusieron de moda

Un periódico español publicó en los sesenta unas fotos de supuestos ovnis montadas con un plato de plástico que colgaba de un hilo

Los 'contactados' con los alienígenas pasaron a equipararse a los que vieron al autoestopista fantasma o el 'Big Foot' estadounidense

Sesenta años atrás, en el verano de 1947, el piloto aficionado Kenneth Arnold sobrevolaba con su avioneta el monte Ramier (noroeste de EE UU) cuando se topó con siete extraños objetos que se desplazaban por el cielo a velocidad supersónica, "como platos rebotando sobre el agua", según comunicó a la prensa. El reportero de Associated Press informó que había visto "platillos voladores", pese a que Arnold dijo que los bólidos parecían más bien triangulares. No importaba: a los medios de comunicación les gustó esa descripción y la pusieron en circulación. La repercusión fue inmensa: en los meses siguientes se comunicaron avistamientos similares en todo el país y se habló de un platillo estrellado en Rosswell (Nuevo México), cerca de la base de los bombarderos con armamento atómico. Había nacido el fenómeno de los objetos voladores no identificados (más conocido por las siglas OVNI).

El firmamento se colmó de platillos. Hubo oleadas memorables, como la que en 1952 conmocionó la ciudad de Washington. Medio mundo había visto un ovni o conocía a alguien que lo había avistado. Nadie podía ignorarlos: políticos, militares y científicos se veían obligados a discutir sobre su presunto origen alienígena. En aquellos años, negar la posibilidad de vida inteligente en otros astros era el súmmum de lo políticamente incorrecto.

Seis décadas más tarde, los avistamientos de platillos se han vuelto esporádicos, y la prensa seria apenas les presta atención. Los apocalípticos mensajes de sus presuntos tripulantes han caído en el olvido; y las lucubraciones sobre la existencia de inteligencias extraterrestres han perdido mucho de su atractivo. Quienes salen a observar el cielo nocturno no van con la ilusión de divisar ovnis, sino, a lo sumo, una lluvia de estrellas. ¿Cómo se desinfló tan drásticamente el fenómeno quizá más enigmático del siglo XX?

Para responder convendría recordar que al principio nadie los relacionó con seres del espacio. La guerra fría arreciaba y las sospechas cayeron en los soviéticos y las Fuerzas Armadas estadounidenses. El hermetismo que rodeó la creación de la bomba atómica fijó la idea de que los militares ocultaban más de lo que decían. Parecía lógico que Arnold hubiera presenciado ensayos ocultos con misiles, explosivos y aviones espía. Así lo refleja la película The Flying Saucer (EE UU, 1950), en la que un sabio ruso inventa un platillo para vendérselo a unos estadounidenses convencidos de que "parece diseñado con un único fin: transportar una bomba atómica".

Esa asociación con armas nucleares no se entiende sin la psicosis atómica de la época. La bomba A, se decía, había abierto un estadio superior: la era nuclear. La revista Life calificó la fisión del átomo como "el mayor acontecimiento desde el nacimiento de Cristo". Pero no todos compartían ese entusiasmo. "¡Hemos creado un monstruo!", exclamó un locutor de la cadena NBC al oír de la destrucción de Hiroshima. La volatilización de las ciudades japonesas generó el temor a sufrir una tragedia similar. El sentimiento de inseguridad afectó a Superman, el icono de la autoestima nacional. El Hombre de Acero dejó de ser invulnerable. La culpa la tenía la kryptonita, una sustancia radiactiva. No se podía simbolizar mejor la angustia estadounidense de que el poder nuclear se transformase en su talón de Aquiles.

La inquietud creada por los ovnis dio lugar a pesquisas oficiales. Los expertos de la Fuerza Aérea estadounidense los desvincularon de la URSS y los imputaron a fenómenos atmosféricos y percepciones erróneas. Daba igual: ni los avistamientos ni el interés de la prensa y el público por el tema decayeron. En 1950, una encuesta Gallup indicó que todavía el 92% de los entrevistados creía que se trataba de un secreto militar estadounidense.

Ese año, Donald Keyhoe, ex oficial de marines y autor de cuentos fantásticos, proclamó que los ovnis eran naves venidas del espacio a vigilar los avances atómicos. Los militares lo sabían, pero lo ocultaban, acusó. No les tocaba a los testigos probar la veracidad de sus palabras, sino al poder demostrar que no escondía datos. Su declaración cayó en un terreno abonado por el pánico. El presidente Harry Truman, al saber de la existencia de la bomba A soviética, había ordenado fabricar un artefacto ultradestructivo, la bomba H, e instado a la población a prepararse para un conflicto nuclear.

En 1952, otro escritor de ciencia-ficción, George Adamski, anunció su encuentro con un venusino, quien le advirtió telepáticamente de los riesgos de la carrera nuclear. Se convirtió en el primer contactado de una larga lista.

Pocos repararon entonces en el parecido de las declaraciones de Adamski con la película de Robert Wise estrenada el año anterior, Ultimátum a la Tierra, donde el emisario de la confederación galáctica baja con su platillo en Washington con un aviso para los terrícolas: o terminan sus guerras o ellos impondrán la paz por la fuerza. No menos sorprendentes eran las coincidencias entre los relatos de los contactados y los cuentos sobre alienígenas de revistas como Amazing Stories, cuyas portadas ilustradas con platos voladores aparecieron mucho antes del episodio de Arnold. ¡El repertorio de la ciencia-ficción estaba siendo saqueado por los portavoces de los ovnis!

No importaba; la hipótesis extraterrestre resultó irresistible. A fin de cuentas, la creencia en otros mundos habitados tenía una acreditada solera; surgida en la antigüedad, cobró fuerza con el avance astronómico de los siglos XVII y XIX. La Luna fue el primer astro al que se asignaron habitantes; le siguió Marte con el espejismo de los canales, y luego, Venus. Los comienzos de la exploración espacial contribuyeron a ponerla de actualidad.

La bola de nieve siguió creciendo, imparable. En 1954, una ola de avistamientos extendió a Europa lo que parecía una rareza de Estados Unidos. Curiosamente, a medida que se difundía la creencia en su naturaleza alienígena, las descripciones de los ovnis se modificaron: en vez de discos chatos, ahora se avistaban platillos con una cúpula luminosa: la cabina de sus tripulantes. Un dato revelador de lo influenciables que eran las percepciones.

En lo sucesivo se verían platillos en distintas partes del mundo, si bien su epicentro se mantuvo en Estados Unidos. Las apariciones saltaron allí de las 46 mensuales registradas en 1955 a las 600 del último trimestre de 1957 (los mismos meses del revuelo causado por el Sputnik I), según el cómputo de Edward Condon, director del proyecto OVNI de la Universidad de Colorado.

La sociedad pedía respuestas, los científicos exigían pruebas, y los partidarios de la hipótesis extraterrestre sólo ofrecían testimonios de contactados. Todo se reducía a creer o no a los testigos. Y en Estados Unidos había muchos dispuestos a creer en la llegada de alienígenas. Lo había demostrado Orson Welles en 1938, al asustar a millones de neoyorquinos con un falso avance informativo de radio sobre una invasión marciana en Nueva Jersey.

Los contactados se proclamaron los paladines de un mensaje pacifista que una conjura de científicos, políticos y militares pretendía silenciar. En sus filas no faltaban farsantes y delirantes; pese a ello, sus acusaciones se vieron reforzadas por las evasivas de organismos burocráticos acostumbrados a la opacidad. Sus quejas sobre la hostilidad oficial también tenían una pizca de verdad: a los Gobiernos embarcados en la construcción de arsenales atómicos no les gustaba nada que agitasen sin cesar el espectro del holocausto nuclear.

Las denuncias, amplificadas por la prensa, dieron lugar a sesiones del Congreso de Estados Unidos sobre el asunto en 1966 y 1968, sin que se sacase nada en claro. Entretanto, la expectativa de un contacto inminente con los seres del espacio se intensificó. La NASA incluyó entre sus metas la búsqueda de vida en otros planetas. Recuerda Isaac Asimov que el director Stanley Kubrick contempló asegurar contra tal eventualidad su película 2001, una odisea espacial, pues temía que si se producía antes del estreno, nadie iría a verla. Respetables científicos dieron por segura la existencia de civilizaciones extraterrestres. El astrónomo Francis Drake cifró su número en decenas de miles; el Proyecto SETI comenzó a sondear el espectro cósmico en busca de mensajes radiales de otros mundos, y en 1972, el astrofísico Carl Sagan envió un saludo a los alienígenas a bordo de la sonda Pioneer X.

El contacto no se produjo, pero las acusaciones de encubrimiento continuaron. Su insistencia llevó al candidato a la presidencia Jimmy Carter a prometer desclasificar los archivos públicos sobre ovnis si ganaba. La Cámara de los Lores británica discutió en 1979 una moción para que el Gobierno hiciera públicos sus datos al respecto, que finalmente no prosperó.

En los años siguientes, el fenómeno perdió fuelle. Los datos enviados por las sondas Mariner y Viking desde el planeta rojo derrumbaron las esperanzas de encontrar vida inteligente ?"Marte está muerto", anunció un desilusionado titular de US News and World Report?, al igual que la información obtenida con la exploración de Venus y el sistema solar. Los radiotelescopios no captaron ningún mensaje alienígena; y las expectativas se rebajaron al nivel de encontrar microbios. La hipótesis extraterrestre se debilitó, y los avistamientos se hicieron menos frecuentes y menos espectaculares.

La apertura de los archivos clasificados al acabarse la guerra fría no cambió las cosas. Los contactados se llevaron un chasco. Las autoridades estadounidenses admitieron ocultamientos, pero no de los platillos, sino de vuelos de aviones espías. La Fuerza Aérea confesó que sus investigaciones sobre ovnis buscaban producir "declaraciones públicas falsas y engañosas para acallar el miedo y proteger un proyecto de seguridad nacional altamente sensible". Y los supuestos cadáveres alienígenas ocultados por agentes federales en Rosswell resultaron ser maniquíes empleados en un experimento secreto de aviación. La hipótesis del arma secreta no era tan descabellada.

¿Cómo reaccionaron los contactados a tan demoledoras revelaciones? Unos se replegaron en el misticismo: lo que se planteaba como un problema que requería una respuesta colectiva ?la carrera armamentista? derivó en asunto de salvación individual. Los visitantes, explicaron a sus seguidores, venían para ayudar a los elegidos a acceder a una nueva dimensión.

Otros se obsesionaron con las conspiraciones y abducciones. Los secuestrados acusan a unos seres llamados grises de someterlos a escalofriantes cirugías para quitarles semen u óvulos o injertarles dispositivos de control. ¿Finalidad? Crear la raza que sustituirá al Homo sapiens. Su gran enemigo es la CIA y sus "hombres de negro", agentes dedicados a ocultar evidencias sobre los alienígenas por orden de las grandes potencias, que esconden sus platillos y abducidos a cambio de acceso a su tecnología.

¿Cómo no ver en esos relatos la influencia de viejas películas como El pueblo de los malditos (Reino Unido, 1960), cuyas mujeres, fecundadas de noche por seres de otro mundo, alumbran una raza de niños sobrehumanos? ¿O del argumento de Invasores de Marte (EE UU, 1954), con sus abducidos controlados por implantes en la nuca; y del complot de Quatermass II (Reino Unido, 1955), dirigido a esconder a un peligroso extraterrestre en una base militar?

Otros devotos de los platillos, por último, se abocaron a buscar sus huellas en el pasado y a imputarles desde el bombardeo atómico de Sodoma y Gomorra, convertidas en las Hiroshima y Nagasaki de la antigüedad, hasta la construcción de monumentos ciclópeos (el autor de estas líneas constató en El Cairo la irritación de un guía turístico ante los visitantes que por enésima vez le preguntaban si las pirámides egipcias eran obra de los alienígenas).

Tales especulaciones dieron pie a una sonada broma a costa de los crédulos: los círculos del maíz. Los misteriosos diseños aparecidos en maizales de Inglaterra pasaron durante años por mensajes a los extraterrestres o pistas de aterrizaje de platillos. Finalmente, los ingleses Doug Bower y Dave Chorley confesaron haberlos realizados con sogas y estacas. El juego del escondite de los ovnis comenzaba a ser motivo de guasa.

En España no faltaron los avistamientos de luces extrañas ni los hallazgos de humanoides; pero su principal aportación al fenómeno ovni se produjo en 1966, al diluirse las esperanzas de vida en Marte. En aquel año, los creyentes en los platillos encontraron un recambio en el planeta Ummo. El contactado Fernando Sesma anunció haber recibido mensajes del misterioso astro y aportó fotografías de una nave avistada en el barrio madrileño de San José de Valderas. Las fotos, publicadas por el diario Informaciones el 2 de junio de 1967, resultaron ser un montaje hecho con un plato de plástico colgado de un hilo por José Luis Jordán Peña, según confesó más tarde. "Lo más increíble", declaró, es que "comencé a entrevistar gente que decía haber visto el platillo".

El fiasco hizo surgir una camada de investigadores críticos que buscaron una explicación natural a los avistamientos, sin abandonar la hipótesis extraterrestre. Posteriormente aparecieron periodistas que han hecho de lo misterioso una salida profesional, un periodismo especializado ejercido en revistas y programas televisivos donde los ovnis se codean con el santo sudario o el monstruo del lago Ness. "Ya no se preocupan por aclarar los hechos; sólo buscan la explicación paranormal", observa Luis Alberto Gámez, uno de nuestros mayores expertos en platillos voladores.

Su empeño desmitificador le ha valido disgustos: recientemente, un juez le condenó por tildar de "estafador" al periodista y escritor Juan José Benítez. Gámez no sale de su asombro: "Creía que decir en un documental de televisión que un poder mágico permitió transportar las estatuas de la isla de Pascua, sentar a Jesús en el Coliseo romano años antes de que el edificio existiera y sostener que los astronautas del Apolo 11 encontraron ruinas extraterrestres en la Luna era tergiversar la historia, mentir e intentar engañar al público. Parece que estaba confundido".

¿Qué ha quedado del fenómeno ovni? La falta de pruebas ha impedido a los científicos dilucidar el enigma, si bien el escepticismo es la postura dominante. Ninguno de los numerosos contactados que afirmaron haber subido a un platillo logró volver con un souvenir, un trozo de metal ultraterreno o un lanzarrayos; en fin, algo que zanjase la controversia de una vez por todas.

En definitivas cuentas, todo lo que resta son unas fotografías más o menos borrosas, unos cuantos libros y una montaña de recortes de diarios y revistas, pues el papel jugado por los medios de comunicación en su difusión ha sido enorme (no parece un detalle secundario el hecho de que los platillos se dieron a conocer en verano, una temporada de sequía informativa).

Para la psicología y la antropología sí existen documentos analizables: las declaraciones de los testigos. Éstas les han permitido clasificar los ovnis dentro de las leyendas urbanas, esas creencias extraordinarias que se transmiten como rumores y se repiten de un país a otro con ligeras modificaciones. De ese modo, los contactados pasaron a engrosar el variopinto colectivo de los que dicen haber visto al autoestopista fantasma, al motorista solidario y al monstruoso Big Foot de los bosques estadounidenses.

El semiólogo Roland Barthes lo tenía claro: los platillos son una fantasía colectiva nacida como reacción a la carrera armamentista; un mito celestial, porque "en el cielo es donde aparece la muerte atómica". En los años cincuenta y sesenta, de arriba podían llover misiles; hoy, del cielo no esperamos nada bueno ni malo. Ante la indiferencia, los ovnis se esfuman como un sueño.

Ahondando esa línea de interpretación, Dominique Caudron, experto francés en ovnis, recuerda que los extraños objetos voladores, lejos de ser privativos de la era nuclear, se remontan a la Francia de finales del siglo XVIII, poco después de los vuelos de Montgolfier. "La psicosis de las aeronaves fantasmas se inició a continuación de las experiencias que introdujeron el aerostato, la primera máquina voladora, en el imaginario de la época", sostiene. Las visiones de globos desconocidos siguieron en el siglo XIX, destacando el avistamiento en Francia de un inmenso globo rojo en 1873 y de un aerostato provisto de un poderoso reflector en 1884.

Dichos objetos cambian de forma en sintonía con la evolución de la aeronáutica. Con los zepelines aparecen extraños cigarros voladores; con la aviación, aeroplanos misteriosos (en 1910, los neoyorquinos avistan un avión negro; en 1933, Escandinavia sufre una invasión de aeronaves fantasmas; e igual ocurre en Austria e Inglaterra en 1937). Tras la última guerra mundial, y fresco el recuerdo de los cohetes V-1 y V-2 lanzados por Hitler contra Londres, vuelven a proliferar los cigarros voladores.

Caudron vincula esos 'dobles fan- tasmales' al paso de las concepciones místicas a la visión laica de la astronomía. La imaginación colectiva reaccionó poniendo aeronaves sofisticadas y enigmáticas donde antes creía ver espíritus y dragones, y depositó en ellas sus terrores y esperanzas. Los platillos representan la última etapa de la serie, cuando del cielo surcado por satélites y misiles bajan alienígenas angelicales a salvarnos del apocalipsis atómico.

No es casual, por otra parte, que el fenómeno ovni surgiese en un país a la vanguardia del avance científico y a la vez intensamente religioso; una nación donde el contencioso entre la ciencia y la fe dista de haberse resuelto, como indica la controversia sobre la enseñanza en las escuelas de la teoría de la evolución; un medio donde se producen peculiares mezclas de elementos científicos y religiosos, visibles en la creencia de adventistas, mormones y evangelistas en la existencia de extraterrestres inteligentes; o en la Iglesia de la Cienciología, cuyo fundador, el escritor de ciencia-ficción Ron Hubbard, combinó creencias gnósticas con la idea de que unos alienígenas inmateriales y bondadosos, los thetans, fueron confinados en la Tierra por un déspota galáctico hace 75 millones de años. Los humanos, precisa, estamos "ocupados" por los thetans, el sustrato de nuestra condición inteligente. La nebulosa ovni, por último, con sus contactados que evocan las apariciones marianas y su fascinación por la alta tecnología (extraterrestre), subraya la dificultad de separar ciencia y religión en ese entorno cultural.

Ese cúmulo de circunstancias habría llevado a tantas personas a creer de buena fe en lo que en muchas ocasiones era una puesta en escena de tópicos de la ciencia-ficción. El caso extremo lo representan los abducidos. Si los ovnis, como apunta el antropólogo Bernard Meheust, nos recuerdan que el hombre contemporáneo mantiene viva su facultad de fabulación mítica, las abducciones sugieren que además conserva el don de entrar en estados de trance, aunque no para comunicarse con el Más Allá como antaño, sino para expresar temores a los avances en medicina reproductiva.

Hoy, los ovnis han salido de los ti- tulares de prensa para incrustarse profundamente en la cultura de masas. Lo prueba el éxito de la serie televisiva Expediente X, un hábil reciclado de relatos de contactados. Las máscaras de los grises se han vuelto habituales en las fiestas de disfraces. Y los platillos revolotean a sus anchas en películas como Independence Day.

"Se han vuelto parte del acervo de creencias populares", señala Javier Armentia, director de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, dedicada desde hace más de veinte años a luchar contra las seudociencias. Lo que a él le preocupa es su legado de desconfianza en las instituciones públicas (según la última encuesta Gallup, el 76% de los estadounidenses cree que las autoridades ocultan información sobre los ovnis). "El recelo indiscriminado alimenta un escepticismo radical, responsable de que muchos piensen que la llegada del hombre a la Luna fue un montaje de la NASA", opina. "Eso revela una incapacidad crítica de la sociedad, que puede servir de base a toda clase de teorías conspirativas".

Para saber más: 'Mitologías', de R. Barthes (Siglo XXI, México, 1981). P 'Le Baron Noir et ses ancêtres', de D. Caudron ('Communications' nº 52, 1990). P 'El Escéptico Digital', boletín de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (en: http://digital.el-esceptico.org). P 'La pantalla profética', de P. Francescutti (Cátedra, Madrid, 2004). P 'La conexión cósmica', de C. Sagan (Orbis, Barcelona, 1987). P 'Para entender a los extraterrestres', de W. Stockzkowski (Acento, Madrid, 2001). P 'El fin del tiempo', de D. Thompson (Taurus, Madrid, 1998).

Donde nace la violencia

Los expertos llevan años haciéndose una pregunta tan vieja como el hombre. ¿La persona agresiva nace o se hace? La respuesta es clave: en el origen de la violencia está la semilla para la paz. Quizá las caricias y el amor en la infancia podrían resolver este interrogante.

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Un investigador descubrió una agresividad casi nula en tribus que mantenían un contacto estrecho con sus hijos

El cerebro es flexible, puede reaprender. Tenemos capacidad para reducir la violencia con un entorno afectivo

Los datos son cristalinos. Entre 2002 y 2006, las muertes de mujeres a manos de sus parejas aumentaron en España un 32,62%. Su maltrato, entre 2001 y 2005, un 143,67%. Entre 2000 y 2004, las agresiones a niños en el ámbito familiar crecieron un 108,67%. Las cifras del Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia no incluyen las agresiones de hijos a padres, pero reflejan una realidad preocupante: el mayor incremento de la violencia se está produciendo en el seno de la familia.

"El Homo sapiens es el primate más violento del planeta contra la hembra de su misma especie y contra sus propias crías", escribe James Prescott en su artículo Cómo la cultura modela el cerebro y el futuro de la humanidad. Prescott, ex director del Instituto Nacional de la Salud y el Desarrollo Infantiles de EE UU (NICHD, en inglés) y actualmente director del Instituto de Ciencia Humanística, lleva años persiguiendo el origen neuronal de la violencia humana a través de estudios que analizan la conducta de los monos y las costumbres de diversas tribus de todo el mundo.

Y si se habla de violencia del sapiens sapiens, hay que añadir la que inunda cada mañana los diarios e informativos de todo el mundo. "La violencia humana equivale a lo que se conoce como agresión entre los animales", explica Manuela Martínez Ortiz, profesora de psicobiología de la Universidad de Valencia. "La diferencia radica en que los animales la utilizan para solucionar conflictos de territorio, reproducción, etcétera, pero entre ellos se encuentra sometida a numerosos límites que los humanos han perdido. Nosotros no reconocemos los signos de sumisión del oponente que indican el final de la lucha. No hay límite y se puede llegar a masacrarlo completamente".

Algo ha ocurrido en el camino evolutivo para que el humano tenga formas tan propias de agresión. La neurociencia, la psicobiología y el estudio antropológico de ciertas tribus han aportado pistas interesantes que permiten bucear en los posibles orígenes de la violencia. Y, por tanto, también descubrir las semillas de la paz.

Una vez más, las redes neuronales actúan de caja negra, almacenando claves para descifrar el comportamiento y sus orígenes. La primera constatación neurológica es que el cerebro de un homicida o de un suicida presenta diferencias llamativas en comparación con el de un individuo no violento. En las personas agresivas, los centros ejecutivos ?los que modulan las reacciones impulsivas y a la vez son las regiones más evolucionadas? están ralentizados e incluso pueden llegar a estar completamente desconectados. Por el contrario, las áreas más primitivas, donde se gestionan los miedos y las emociones negativas, están más activas.

La cuestión inmediata es si esas diferencias biológicas siempre estuvieron ahí, si un violento nace o se hace. Más de dos siglos atrás, el filósofo Jean-Jacques Rousseau decía: "No hay pecado original en el corazón. El cómo y el porqué de la entrada de cada vicio pueden ser delimitados". Parece que el pensador francés tenía razón. Con todo el arsenal científico en la mano, Debra Niehoff, neurocientífica experta en el asunto y autora de La biología de la violencia, afirma: "La mayor lección que hemos aprendido del estudio del cerebro es que la violencia es el resultado de un proceso de desarrollo, una interacción entre el cerebro y el entorno".

El análisis podría dar para muchas páginas, pero comencemos por el principio, por el principio de la vida. Es aceptado por todos que las vivencias prenatales tienen una influencia fundamental en el comportamiento. Tras el nacimiento, con el cerebro en pleno desarrollo, las experiencias modelan aún más la arquitectura neuronal y, con ella, la personalidad del adulto. James Prescott sostiene que la violencia está íntimamente relacionada con el placer, o más precisamente con los circuitos cerebrales que dan la capacidad de gozar. En su opinión, las bases fundamentales para el arte del disfrute se adquieren a través del contacto físico y emocional con la madre, la primera fuente de amor. En esos primeros momentos se produce una asociación o disociación neuronal que quedará registrada en los circuitos en los que se gestionan el bienestar y el dolor. "Cuando no se toca y no se rodea de afecto a los niños, los sistemas cerebrales del placer no se desarrollan. La consecuencia de ello son unos individuos y una cultura basados en el egocentrismo, la violencia y el autoritarismo", asegura Prescott.

Este investigador partió de los trabajos con monos de otros científicos ?William Mason y Gershon Berkson? de referencia en esta área de la neurobiología. Se conocen desde hace décadas las consecuencias nefastas de la separación de la madre sobre el comportamiento y la salud de un individuo. Mason y Berkson vieron más tarde que los efectos negativos de la separación podían reducirse si los animales del experimento recibían un sucedáneo de madre: una estructura móvil de plástico con un recubrimiento similar a una piel. El movimiento resultó ser muy importante porque si la madre adoptiva no se movía, tampoco había efecto positivo. Este detalle llevó a Prescott a determinar que el balanceo materno ?que comienza cuando la cría está en el útero? tiene una acción fundamental en el correcto desarrollo del cerebelo. Esta región controla la producción de dos neurotransmisores (noradrenalina y dopamina). Ambos, directamente relacionados con la hiperactividad, la adicción y la agresividad.

A continuación, Prescott quiso ver qué ocurre en humanos, y lo hizo estudiando las costumbres originales relativas al contacto madre-hijo de 49 tribus de todo el mundo. Tal como había predicho, los grupos poco afectivos con sus niños, y con muy poco contacto piel a piel, presentaron altos niveles de violencia en la edad adulta. Sin embargo, la agresividad era casi nula entre los pueblos que mantienen un contacto muy estrecho con sus hijos.

En lo que se refiere a las sociedades llamadas desarrolladas, Jay Belsy, director del Instituto para el Estudio de los Niños, las Familias y Asuntos Sociales del Birkbeck College (Inglaterra) y coautor de un gran estudio del NICHD de 2001 sobre las guarderías, sostiene que los datos del mencionado trabajo, los de sus estudios anteriores y posteriores, indican que los bebés y los niños pequeños que pasan más de 30 horas a la semana en una guardería desarrollan en la adolescencia y preadolescencia una mayor tendencia a ser agresivos, a pelearse y a acosar a otros. Las interpretaciones de los mismos datos son variadas. Algunos expertos son muy críticos con Belsy porque consideran que es un extremista y que exagera los resultados, además de ser un enemigo de los derechos de las mujeres trabajadoras.

Louis Cozolino, profesor de psicología de la Universidad de Pepperdine (EE UU) y autor de The neuroscience of human relationships (La neurociencia de las relaciones humanas), explica que "cuando no hay mucho contacto o existe una falta de cuidados es más probable que el cerebro desarrolle un sistema dirigido fundamentalmente por la adrenalina. Esto dará lugar a un tipo más violento, más agitado. Algo que tiene sentido desde un punto de vista evolutivo. Cuanto menos protegido esté un niño por sus padres, más agresivo tiene que ser para sobrevivir".

La ecuación contraria es igualmente válida. En un entorno de afecto, contacto y amor se activan los circuitos neuronales de la serotonina, un neurotransmisor del bienestar. Dicho de un modo simple, el cerebro registra las experiencias vitales en forma de códigos químicos que crean algo así como un ambiente neuronal específico para cada individuo. Cada vez que interaccionamos con una persona nueva lo hacemos desde ese escenario cerebral que condiciona totalmente nuestra forma de percibir el entorno y la respuesta ante él.

Michel Odent, un conocido obstetra francés, no duda en afirmar que "se producirá una revolución en nuestra visión de la violencia cuando el proceso del nacimiento se vea como un periodo crítico en el desarrollo de la capacidad de amar". La primera hora después del nacimiento es clave para que la biología y la psique reciban una impronta básica contra la violencia, según el médico. La razón es la descarga masiva de una hormona conocida popularmente como la hormona del amor (oxitocina), que se genera en el momento del parto. Ésta desencadena la respuesta maternal y favorece la creación de un fuerte lazo entre madre e hijo. La afirmación de Odent sobre el desarrollo de la capacidad de amar procede de la constatación de que la oxitocina interviene en casi todos los aspectos del amor y del gozo, desde el carnal hasta el puramente fraternal o filial.

En relación con los distintos tipos de amor, Prescott hizo una curiosa observación en su estudio de los indígenas. De las 49 tribus, 13 escapaban a sus predicciones sobre la relación entre contacto físico en la infancia y violencia en la edad adulta. Buscando en las costumbres descubrió el elemento que faltaba: otras relaciones de amor en la adolescencia suplían lo que el entorno más cercano les había negado. Un hallazgo directamente relacionado con uno de los aspectos más fascinantes y prometedores del cerebro, su plasticidad.

"Biología no significa destino", asegura Niehoff. "El cerebro es flexible y puede reaprender. Tenemos herramientas para reducir la violencia creando un entorno seguro y de amor". Y esto es cierto incluso en casos de niños que han sufrido abusos graves en el seno de la familia. Si había alguien que les trataba con amor, que se ocupaba de ellos, y les mostraba que el mundo no era sólo agresión y violencia, se estimulaban los recursos personales para superar el impacto negativo de los abusos. Esto se conoce como resiliencia. "Se produce una transformación cuando alguien se ocupa de estos niños. La cuestión es cuánto tiempo el sistema [el cerebro] se mantiene plástico", dice Cozolino. Obviamente, la prevención parece más sencilla que la reprogramación.

Si el cerebro es flexible, el ADN también, si las circunstancias acompañan. A principios de los años noventa, en plena fiebre del gen de?, un equipo de científicos identificó el de la violencia. Se trataba del fragmento de ADN que produce una proteína encargada de degradar neurotransmisores como la serotonina y la adrenalina, conocida como MAO. Los investigadores sostenían que tener una versión poco activa del gen de la MAO significaba tener tendencia a la violencia.

Casi 10 años después, un estudio del King's College (Londres) que siguió a más de 400 hombres desde su nacimiento hasta la edad adulta demostró que la presencia del gen no era suficiente para que una persona fuera agresiva. El interruptor de la violencia estaba en el exterior. Las personas que tenían el gen defectuoso y que sufrieron falta de atención o abandono emocional durante la infancia se convirtieron en adultos agresivos. Sin embargo, aquellos que también portaban una MAO poco activa, pero que vivieron en un entorno afectivo, escaparon a la predisposición genética.

Parece que las semillas de la paz están en nuestras manos. "La hipótesis es que una crianza adecuada en ausencia de estrés permite a nuestro cerebro desarrollarse de manera menos agresiva y emocionalmente estable. Creemos que este proceso permite a los humanos desarrollar más su potencial creativo", escribía en la revista Scientific American Martin H. Teicher, catedrático de psiquiatría de la Harvard Medical School (EE UU). O como sentencia Prescott: "La transformación de una cultura violenta en una de paz comienza por el individuo que en la infancia es colocado en un camino de aceptación en vez de en otro de rechazo".